DOMINIO

DOMINIO

Juguemos tú y yo
a un juego consentido,
a un juego
en el que los únicos límites
sean el placer y el éxtasis infinitos,
en el que no se traspasen
las reglas que acordemos no traspasar,
en el que nuestro único objetivo
sea convertirnos el uno
en objeto de placer y devoción extremas
del otro.

Nos tomaremos
de mil maneras distintas,
en un tira y afloja continuo,
en el que nos impediremos
el contacto,
en el que nos restringiremos
la libertad,
pero que serán esas fronteras las que,
justamente,
nos hagan explorar senderos de placer
que nunca antes pisamos,
en las que nuestro gozo se disparará
hacia límites inexplorados,
en el que querremos suplicar
más y más
al otro,
y la mordaza que mordemos
con los rostros contraídos de éxtasis
nos impedirán articular
súplica alguna.

Me pedirás que te monte
como a una yegua,
jalando con fuerza de las correas
o de los sedosos cabellos.
Te suplicaré que me azotes
como a un esclavo,
sumiso bajo tus golpes,
hendido por los aguzados tacones
de tus zapatos.

Chillaremos
cuando prolonguemos
nuestros orgasmos
más allá de los límites físicos
a los que estamos habituados,
cuando los músculos se contraen
con tanta fuerza
que nos duelen las pelvis
como si una poderosa mano
nos estrujara las carnes
con fuerza indómita,
cuando nuestros cuerpos
se retuercen como sierpes
intentando liberar la tensión
que nos aplasta,
agitándonos
porque nuestro corazón
palpita con tanta fuerza
que parece querer partirnos
por la mitad.

Juguemos a este juego de dominio,
sintiéndonos señor y señora alternativamente,
ama y esclavo,
dominador y sumisa,
hasta que el sudor nos empape
y nos convierta
en resbaladizas serpientes del placer,
hasta que nuestros gemidos
se conviertan en roncos jadeos
porque nuestras gargantas
secas y ásperas de tanto gritar
no soporten más deleite,
hasta que llegue el momento
en el que uno de los dos diga
basta
al otro,
hasta que llegue el momento
en el que el placer nos ciegue
y nos postre en el colchón
en un sueño del que no recordamos
cómo hemos llegado,
una batalla
de la que lo único que recordaremos
será un placer
como nunca antes sentimos,
y un dolor que jamás antes
nos hubo taladrado los músculos.

Juguemos al dominio,
abandonémonos al placer,
experimentemos en el cuerpo del otro
formas de éxtasis inimaginables
que logren hacernos estallar
de sexo palpitante, húmedo y goteante
con tan solo ver al otro retorcerse
y aullar en su gozo orgásmico,
que el hilo de plata
que veo descender
de tu vulva a las sábanas
me cause mayor placer
que cualquier otra forma de dominio
que me puedas aplicar
mientras me tienes
bajo tu dulce yugo,
mi señora.



© Copyright 2014 Javier LOBO

3 comentarios:

Anónimo dijo...

como te llamas.

Anónimo dijo...

para ti yo si soy sumisa.

Dayana Rosas dijo...

Puf! Magnífico! Un juego consentido e intenso. Dirá que sí cada vez que quietas. Me encantó.

 

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