COBARDE

COBARDE

Veo a tus víctimas,
siento su dolor,
empapan mis huesos sus lágrimas,
y lo único que se me ocurre escupirte
es una palabra:
cobarde.

No te mereces más.

Veo sus rostros
crispados por el dolor,
veo sus almas
quebradas como el cristal,
siento su pena
como un cuchillo de hielo
que penetra en mis carnes
y enciende el fuego
de la pira de la ira
en mi corazón.

Pocas veces
el fragmento de metal
que se me concedió,
el poder
que se me otorgó,
pesó más ni se convirtió
en un lignum crucis
más doloroso
que cualquier otro
tormento o pasión.

Cobarde.

Se concluye el trámite,
recibo la orden,
y no puedo dejar de sentir
ese gozo inexplicable,
esa ánsia por sentir
mi sangre en la boca,
el dolor de los golpes recibidos,
pero ser regado con el nectar
de haberte sometido bajo mi poder,
hacerte sentir el miedo
que te gusta experimentar
en ese falso dominio
sobre aquellos que son más débiles
e indefensos
que tú.

Cobarde.

Te conozco
cara a cara.
Que tu reflejo proyectado
sobre mí me dé sombra
no me impresiona,
que seas tres veces más grande
que yo
no me arredra,
no siento miedo de ti,
lo único que siento
es desprecio.

Cobarde.

Ni siquiera cambias tu actitud
hacia los demás

cuando se te exponen tus crímenes,
no haces nada para ocultar
tus pecados.
Te vanaglorias de ser
gigante entre hormigas,
te crees excremento
cuando no eres ni bufido.

Cobarde.

Entonces llega
ese momento mágico
en el que,
hebrio de ti mismo,
engalanado de tu vanidad,
piensas que tu poderío físico
es suficiente para doblegarme.

Sólo necesito un destello interior,
una imagen de las mujeres
a las que has golpeado,
a las que has forzado,
a las que has obligado
a portar tu semilla
sin quererlo,
a darte placer

sin desearte,
a portar tu miembro
sin desear ser tu receptáculo.

De los niños
que has engendrado,
de los que no te has preocupado,
a los que ni un beso
en la tierna carne has dado,
aquellos que nunca te han importado.

No necesito más.

Tan fácil es.

Y te demuestro cuán equivocado estás.
Disfruto cada chillido,
cada expresión de pánico,
hasta los fuertes golpes que me propinas,
tratando de romperme los huesos
y desgarrar mi carne.
Pero disfruto doblegándote,
maleando tu alma
como un trozo de metal al blanco,
como la arcilla húmeda
en mis manos de alfarero,
hasta reducirte a lo que eres,
a la escoria,
al desperdicio más execrable.

Cobarde.

Te dejo en la celda,
transido y consumido,
embadurnado
por los chillones colores de la vergüenza,
tembloroso,
jadeante,
mirando al suelo,
a las paredes,
incapaz de mantenerme la mirada,
mostrándote el reflejo
de lo que tú eres realmente,
enfrentándote a tu propia esencia,
a lo que eres en verdad.

Mírate a los ojos,
obsérvate en tu sinceridad,
en el cubículo en que quedas olvidado,
de mi mano arredrado,
para susurrarte,
con tus propios labios,
lo que debieras llamarte
a ti mismo.

Cobarde.



© Copyright 2014 Javier LOBO

1 comentarios:

Concepción Guzmán dijo...

¡¡¡Vaya!!! Me has dejado sin palabras. En esta poesía has plasmado, verdaderamente, toda la ira que siente una mujer hacia "un ser" tan repugnable y despreciable como una rata. Y lo que más me ha gustado, es que en cada estrofa has apostillado la palabra "cobarde", como debe ser, como realmente es.

 

Flickr Photostream

Twitter Updates

Meet The Author